Una especie que se manifestó en forma de lo que sería algo lo más parecido al egoísmo por venalidad o simplemente por pura estupidez… y al final todo se traduce en una sola cosa, una resistencia persistente y autodestructiva actuando en aras del bien común.
No hablamos de una maldad evidente. No es el villano clásico que sabe que destruye y disfruta haciéndolo. Es algo más sutil. Más incómodo. Una convicción profunda de estar haciendo lo correcto, incluso cuando las consecuencias gritan lo contrario.
El “yo” disfrazado de “nosotros”
La venalidad aparece cuando el beneficio personal se disfraza de causa colectiva. Pequeños intereses, posiciones de poder, comodidad, miedo a perder privilegios. Nada grandilocuente. Nada espectacular. Simplemente la suma de decisiones microscópicas que, juntas, erosionan estructuras enteras.
No hace falta una conspiración. Basta con el cálculo cotidiano:
- “Si yo no lo hago, lo hará otro.”
- “No es para tanto.”
- “Es por el bien de todos.”
El discurso perfecto para que el daño parezca un trámite.
La inercia con uniforme
La estupidez, por su parte, no es ausencia de inteligencia. Es incapacidad de cuestionar el propio relato. Es actuar desde la inercia, desde el “siempre se ha hecho así”, desde la necesidad de pertenecer al grupo que defiende una bandera, aunque esa bandera esté clavada en el mismo suelo que se está hundiendo.
Es la estupidez útil, la que repite, la que copia, la que obedece. La que confunde estabilidad con inmovilidad. La que llama “orden” a lo que, en realidad, es miedo a mirar de frente.
Aquí es donde encaja algo que explica magistralmente La psicología de la inteligencia de Jean Piaget. Piaget sostiene que la inteligencia no es solo acumulación de conocimiento, sino capacidad de adaptación. El individuo, y por extensión el colectivo, tiende primero a asimilar lo nuevo dentro de sus esquemas previos antes que a acomodar esos esquemas a la nueva realidad.
Llevándolo a nuestro plato, preferimos encajar los cambios en nuestra narrativa antes que modificar la narrativa misma. Y cuando la realidad ya no cabe en ese molde, en lugar de cambiar el molde… defendemos el molde.
El verdadero veneno
Lo verdaderamente perturbador es la persistencia. No es un error puntual. No es un tropiezo. Es una dinámica repetida, sostenida en el tiempo, reforzada por aplausos internos y por la tranquilidad moral de sentirse del lado correcto.
Y ahí nace la autodestrucción.
Porque cuando la resistencia al cambio se convierte en identidad, cualquier intento de revisión se percibe como amenaza. El sistema no se defiende para mejorar, se defiende para no mirarse. Se protege de la incomodidad de admitir que quizá el supuesto “bien común” se ha convertido en excusa.
El mantra que lo justifica todo
Se actúa en nombre de todos, pero se escucha a muy pocos.
Se habla de estabilidad mientras se bloquea la evolución.
Se invoca la protección mientras se limita el crecimiento.
No hay explosiones visibles. Hay desgaste. Hay pérdida lenta de coherencia. Hay contradicciones acumuladas que, tarde o temprano, pasan factura.
Y lo más irónico es que, desde una perspectiva psicológica, esa resistencia no es falta de inteligencia, sino un uso defensivo de ella. La mente protege su estructura antes que su verdad.
Y por consiguiente
Te entrego la paradoja final, aunque todos la sepamos más que de sobra. La resistencia nace para preservar algo valioso, pero termina debilitándolo desde dentro. Como un organismo que, en su intento por protegerse, activa mecanismos que dañan sus propios tejidos.
No hay héroes ni villanos absolutos. Solo una dinámica humana repetida a escala colectiva. Una tensión constante entre el miedo y la responsabilidad. Entre la comodidad y la lucidez.
Y mientras no se cuestione esa resistencia, seguirá operando con la tranquilidad de quien cree estar salvando lo que, en realidad, está desgastando.
¿Estamos defendiendo el bien común… o simplemente defendiendo nuestros esquemas mentales para no tener que transformarlos?